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Vivo al límite...

Linchándose a si mismos

18 Febrero 2013

Linchándose a si mismos

El régimen democráticoparlamentario español afronta hoy uno de los grandes desafíos de sus trece años de historia, en la sesión de esta tarde sobre los hechos y responsabilidades en relación con el caso Juan Guerra. La trascendencia política de este acontecimiento y de los sucesos que le preceden es equiparable al referéndum sobre la OTAN y a la huelga general del 14-D. Son las tres grandes ocasiones en que el poder socialista se ve más cerca de las cuerdas. Pero con una diferencia en perjuicio del caso Guerra: que esta vez el acoso no viene ni por un cambio de actitud ante un programa político ni por un error en la interpretación de la política social. El acoso viene por la quiebra aparente del fundamento mismo de toda una filosofía política, por el presunto derrumbamiento de la fortaleza ideológica que sirvió de razón de ser a unos triunfos electorales.

La filosofía y la fortaleza eran la honradez, la ética y la superación de la España golfa, de la España negra, de la España de chanchullo y pandereta. No nos engañemos. Ese es el fondo del debate, aunque no lo hayan entendido así muchos de los críticos del partido y del Gobierno socialista, más atrabiliarios, vitriólicos y sectarios, en ocasiones, que empeñados en una auténtica empresa de regeneración moral o de saneamiento de la vida pública y de la vida de los negocios. Les ha venido Dios a ver con esta incomparable ocasión de predicar la depravación generalizada en el partido que durante años y años enarboló la bandera de la ética y de la exigencia moral. Después de esto -piensan- lo nuestro queda convalidado o incluso justificado.

Sería terrible que las explicaciones del vicepresidente Alfonso Guerra aclararan el asunto y consiguieran exculparle tanto a él personalmente como al poder que representa. No sucederá así, o no sería así reconocido en caso de que sucediese: eso no forma parte del manual políticoparlamentario. Se lo han ganado sobre todo por la infinita serie de topezas que les son atribuibles, tanto en lo que se refiere a los sucesos del momento como en lo relativo al cuidado en general de aquella filosofía de la ética y, desde luego, a las relaciones con los medios de comunicación y con los comunicadores concretos. Hay que ser torpes para enajenarse la simpatía o la neutalidad, uno por uno, de la prática totalidad de los periodistas españoles, muchos de los cuales -seamos sinceros- los alentaron y los apoyaron hasta su llegada al poder en 1982. Alfonso Guerra y su entorno debieron cortar por lo sano y de forma radical en cuanto que tuvieron el mínimo conocimiento de que Juan Guerra se estaba enriqueciendo, en el instante mismo en que les llegara la primera noticia sobre sus movimientos en el terreno de la itermediación o del tráfico de influencias.

El vicepresidente debió distanciarse de manera pública y notoria, y desde luego desautorizando adecuadmente a su hermano. Por supuesto, en primer lugar prohibiendo su acceso al famoso despacho de la delegación de Gobierno, aun en el supuesto de que Alfonso Guerra diera hoy una explicación convincente del por qué de esa ocupación (el famoso «¿en calidad de qué?»), que obsesiona al director de este periódico y a tantos otros. Todo ello dando por supuesto que Alfonso nada tiene que ver en los negocios de su hermano.

Pero como mínimo, el vicepresidente del Gobierno debió comparecer de forma inmediata en el Parlamento, en cuanto que el escándalo estalló en los medios informativos. Las vacaciones parlamentarias se han interrumpido para cualquier tema, y éste era de suma trascendencia. Cada día, cada hora era una gran paletada de tierra en la fosa de la credibilidad en entredicho. Esto puede ser todo lo injusto que se quiera, pero es así. En política la realidad no coincide necesariamente con la verdad. Y lo que todavía no me puedo creer es cómo fue posible tanta torpeza, tanta insensibiidad en personas que tantas veces demostraron una gran destreza y una enorme sabiduría política. Y los comunicadores del poder, junto con los periodistas del partido, han ganado el campeonato mundial de inutilidad, o de cinismo, o de irresponsabilidad, que lo mismo me da.

Ya puede Alfonso Guerra emplearse a fondo esta tarde. Si la sesión es un fracaso, tendría que dimitir, y además ya. No voy a explicar ahora lo del famoso «tándem», el que tanto monta Felipe como Alfonso y que ninguno de los dos monta nada sin el otro. Tampoco voy a explicar la importancia sustancial de la pareja como uno de los grandes fundamentos del proyecto socialista. Quiero decir que teóricamente esta tarde podría abrirse una crisis política de dimensiones descomunales, que incluso asustaría a no pocos de los que la están alimentando. Pero esa preocupación no debe quitar gas a la exigencia de explicaciones, porque seria peor el remedio que la enfermedad. Ya puede emplearse a fondo el vicepresidente. Lo tiene todo en contra. No sólo los aspectos menos explicables del escándalo. También los irrefrenables anhelos de revancha de tantos y tantos agraviados por él, con razón o sin ella, que ahora eso da igual, durante años y años. Es el momento más comprometido y más peligroso para ellos quizá desde que llegaron al poder. Alfonso Guerra sólo tiene a favor su reconocida habilidad política, su dialéctica demoledora, su enorme experiencia.

Esta tarde, además, los socialistas deben ahuyentar dos tentaciones: el reglamentismo y los «dossiers». Esgrimir «dossiers» contra los adversarios en este instante sería tanto como reconocer que habían escamoteado y retenido culpablemente unas informaciones que debieron estar en el Parlamento o en el Juzgado de Guardia.

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