1 Mayo 2013
Michael Douglas, apodado en Hollywood el Rey Midas, porque convierte en oro cuanto toca, se ha convertido, gracias al éxito de sus producciones, en personaje imprescindible. Dentro de una semana se estrena en España su último título, Black Rain, dirigido por Ridley Scott.
El año pasado, el Times lo presentaba como el candidato más idóneo de su generación para representar en las próximas décadas lo que Robert Mitchum, Burt Lancaster y su padre habían representado en sus mejores años: una masculinidad compacta y sin fisuras, un tipología de «duro» basada tanto en el físico como en la actitud. «Recuerdo cuando mi padre vino a verme a la comuna cerca de Santa Barbara -subraya Michael-, donde viví en los años 60.
Yo tenía una habitación pequeña con una cama sólo, así que se la dejé a él mientras yo dormía en el suelo. Por la mañana, cuando papá se levantó para ir al baño y descubrió que no había, exclamó: «iDios mío! Tú vas a meterte dentro de lo que yo he tratado de salir toda mi vida...». Michael es abierto, no se hace de rogar para conceder entrevistas, escucha con interés y tiene una reputación de honestidad poco corriente (Mr. Dice Guy le llaman), para alguien que se mueve en el campo de las grandes producciones. «Bueno no hay que exagerar -minimiza-. Yo creo que en Europa se tiene un concepto un tanto diabólico del productor: es el dueño del dinero y basta. En América las cosas son bastante distintas.
Tanto es así que durante los próximos años pienso banadonar la carrera de actor y dedicarme sólo a la producción: es mucho más creativo, abarca más campos. Encontrar buenos guiones, pensar qué director puede plasmarlos en imágenes, qué actores son los más adecuados para interpretarlos...».
Si es verdad entonces, como anunció en la rueda de prensa que dio en Roma para presentar Black rain, su última película, la imagen final del Douglas cinematográfico será la del justiciero Nick Conklin, el violento, ambiguo y un tanto xenófobo policía del film dirigido por Ridley Scott. «Creo que Black rain es un producto típico de la insatisfacción actual de la clase media americana -dice Michael, de un mundo en el que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Una sociedad que padece una crisis de idnetidad donde el mito del trabajador honesto que se enriquece con su esfuerzo, si alguna vez ha existido ahora se ha derrumbado.
La conducta ambigua de Nick Conklin hay que buscarla por ese lado» «No hay que olvidar -prosigue- que la acción transcurre en Nueva York, que el año pasado registró el número más alto de crímenes de Estados Unidos y donde hay una escasez terrible de policías. Para preparar el papel pasé unas cuantas semanas en contacto con ellos y noté el malestar, el cansancio, la falta de estímulos...». «Si a este descontento añadimos -insiste Michael Douglas- la desonfianza difusa ante la presencia cada vez más fuerte de la industria japonesa en Estados Unidos y todas las fantasías de colonización que pueblan la mente del norteamericano medio, creo que mi personaje es bastante fiel a la realidad».
Dice Douglas que todavía cree en la función social del cine, en la responsabilidad personal frente a una América que no le gusta: «No participo activamente en política, pero me preocupa la elección de los temas. Estuve muy interesado en producir una película sobre El Salvador».