9 Abril 2013
La belleza es una característica de algunas personas y cosas que hace amarlas, infundiendo deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas.
La belleza es también una forma de hacer negocio. Concursos de misses y el peculiar ránking de las mayores maravillas del mundo avalan esta tesis.
Nadie duda de que las guapas licenciadas son bellas y de que la Gran Muralla (China), la ruinas de Petra (Jordania), el Taj Mahal (India) y la pirámide de Chichén Itzá (México) infunden deleite espiritual. Pero tanta hermosura no sólo esconde primor estético, sino cifras multimillonarias.
Los concursos de misses se convocan con una asiduidad irremediable porque generan dinero. Detrás de ellos, existe una enorme organización en la que participan muchas empresas y organismos. Productos estéticos, marcas textiles y firmas de cosméticos se sirven de estos eventos como plataforma de márketing. La excusa, lo anecdótico, es decidir quién es la más hermosa del reino. La elección queda en manos de apenas una decena de jueces, que, además, selecciona a la más bella de entre las pocas atrevidas que se atreven a intentar ganar un título que ya nace cuestionado.
La selección de las nuevas maravillas del planeta también deja clara una conclusión. Las ideas brillantes sirven para generar dinero. Esta vez, la bombilla se le ha encendido al suizo Bernard Weber, que sólo ha necesitado el empujón de las nuevas tecnologías para poner en marcha un negocio redondo. Uno de los métodos estrella para elegir los prodigios del siglo XXI han sido los mensajes a través del móvil. Para que la cuenta de resultados luciera lo más brillante posible, el voto podía enviarse tantas veces como resistencia física tuviera el dedo del votante, siempre y cuando cambiara de terminal.
Esta fórmula maravillosa supone ingresos multimillonarios, pero elimina de un plumazo a los millones de personas atecnológas que nunca tendrán saldo para mandar mensajes o que, simplemente, ni siquiera saben qué es un teléfono móvil, ni una página web.
Todo este fenómeno supone que las clasificaciones de las maravillas se construyen con la constancia de ciertos votantes con tarifa plana. Hay que agradecer que el concurso naciera acotado. De no haber sido así, el hogar del mayor tecnoadicto del planeta podría haberse convertido en una maravilla del mundo.
Por una parte, resulta reconfortante imaginar que los mejores lo son por una cuestión fortuita. Así, nos consolamos pensando que no hay nada más maravilloso que la Alhambra de Granada y que la última miss del mundo es, realmente, una chica del montón.
Consuelo o no, excusa o realidad, lo cierto es que desde que un iluminado inventó el negocio de los rankings, no hay nadie que no haya intentado colarse en uno de ellos, al menos, una vez en la vida.