15 Abril 2013
Bajan las aguas turbias, arremolinadas, malas aguas como malas calles aquellas de Nueva York y se llevan el cuerpo del chaval furtivo, arramblan con cachibaches de chabola, dos radio cassettes, algún vídeo, una España hambruna de Baroja flotando en una miseria de televisores y pequeños objetos robados. Ella, Soledad Montero, se acurruca en la noche junto al amigo y salta la tapia del colegio allá en San Blas: un ordenador, un teclado. «Es que no aprenden» dicen ellos, los de corbata firme y regadío por aspersión en sus jardines.
En los ojos de Soledad saltando el muro flota el cadáver del Nani, superpuesto en las aguas del Matachel a los cuerpos despavoridos de dos muchachos, que jugaban a cazar cordonices en el monte para matar el hambre. Impecables los tricornios invisibles y desatentos y allá en el sur la España del turismo y del «progreso» se desangra en canales que son como venas abiertas sobre los campos malagueños.
Una y otra vez, reiterativas como las plagas, caen las lluvias, ese lodo que despierta ampollas y saca los cuartitos flotantes con el hornillo y la antena de la TV descolocada; las aguas roen una pulida superficie desidios agansterados e inversiones inmobiliarias.
Toda la costa sur, la del sol, el olé y las castañuelas el vinito fino y la aceituna como una lacra se despereza, movida por el agua, y aparecen las tripas descomunales, insultantes de unos niños que abren grandes bocas de salario por debajo del mínimo, jornaleros en paro que dejan deslizar sus colchones o se arrojan a las aguas abroncadas del río para no ver. Las estampas de la virgen guapa pegadas en el muro chorrean un barro de miedo y desatención, mientras los hombres de Rifaat el Asad aprietan tuercas a la competencia y las villas marbellis acorazadas escupen holores de azahar, reverdecidas por las aguas.
La España de cartón piedra, escenografía barata que tapa desconchones con trenes de alta velocidad se empapa y se destiñe, se hace «grafitti» de colores emborronados, la España furtiva aflora impresentable y desatenta a tanta modernidad. La esposa del Nani ha sido detenida y esta noche las aguas del Matachel bajan rojas, sombrías de tanto desaparecido.