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Caminando sobre las aguas

Estaban los discípulos en la barca, en el lago de Genesareth, esperando a Jesús, que se había quedado en la orilla para despedirse de la multitud y para orar. Había cerrado la noche, se levantó un fuerte viento y la barca empezó a ser zarandeada por las olas. Los discípulos tuvieron entonces miedo a naufragar. Un miedo, pues, concreto, perteneciente a las cosas de este mundo: miedo a naufragar, miedo a morir ahogados, miedo, en definitiva, a la muerte considerada en sí misma, sin necesidad de más horrores, es decir, considerada como simple negación de la vida y no como puerta de entrada a dimensiones metafísicas. Llegó, por fin, la cuarta vigilia, de las cuatro en las que se dividía la noche. La disciplina militar de los judíos, tomando la costumbre de sus dominadores romanos, había dispuesto que los centinelas se mudasen también cuatro veces a lo largo de la noche. 

¿Esa es la razón de que la expresión «quarta vigilia noctis» no pueda encontrarse en todo el Antiguo Testamento?, -nos pregunta inesperadamente el curioso de turno. En efecto, esa es la razón -le respondemos nosotros, porque antes de la dominación romana los judíos'dividían la noche en sólo tres vigilias, cuya duración variaba según las estaciones del año. Por lo que veo, -prosigue nuestro amigo, esa cuarta vigilia se correspondía pues con la cuarta y última imaginaria de nuestros campamentos y cuarteles de hoy. La preferida, sin duda, de los soldados madrugadores. iAh, sí! Una hora maravillosa en la que podían hurtarse sin problemas las cantimploras a los compañeros que aún continuaban durmiendo. Tal vez sea como usted dice, le contestamos nosotros, que no entendemos demasiado de milicias y ordenanzas.

Lo cierto es que llegó aquella cuarta vigilia y que la situación empeoraba por momentos. El viento rugía y las olas eran cada vez más altas. Recordémoslo, sin embargo, en presente histórico para hacer más vívido el relato: Agarrados al mástil, los discípulos tiemblan. Tienden una mirada angustiosa hacia la orilla y de pronto, aureolado por un mágico resplandor, descubren a Jesús que se acerca hacia ellos caminando sobre las aguas. El miedo de los discípulos, inmediatamente, cambia de signo. Se hace distinto. Les aterroriza la idea de que alguien pueda sostenerse sobre la superficie del lago. Lo que les asusta ahora sobre todo, no es naufragar y morir ahogados, sino enfrentarse con un fantasma. Virgilio, el príncipe de los poetas latinos, había escrito por aquellos años que los muertos, en su sueño de hierro, podían ser evocados en las tumbas olvidadas y ser luego vistos, oídos y tocados por los que se acercaban a interrogarles. - ¿Y cómo es -pregunta nuestro interlocutor, que ninguno de los discípulos recordó en aquellos momentos que aquel mismo hombre que se aproximaba caminando sobre las aguas había dado de comer pocas horas antes a una multitud de más de cinco mil personas con sólo cinco panes y dos peces? - Nos lo explica San Marcos -respondemos. 

«Non enim intellexerunt de panibus: erat enim cor eorum obcaecatum»: porque todavía no habían entendido lo de los panes, por cuanto su corazón estaba ofuscado. Vamos a ver (hubieran debido preguntarse aquellos hombres), ¿es que alguien que es capaz de multiplicar cinco panes y dos peces no puede también, si realmente se lo propone, sostenerse sobre las aguas? ¿Acaso no es tan prodigiosa una cosa como la otra? Los discípulos, sin embargo, no se hicieron ninguna de esas preguntas. Pensaron que Jesucristo era un fantasma y empezaron a gritar. Soy yo, les dijo Jesucristo, tranquilizándoles. Y Pedro, para saber si realmente era El, le pidió que se le permitiese también caminar sobre las aguas. Jesucristo le ordenó entonces que se le acercase y Pedro bajó de la barca y empezó a caminar asimismo sobre la superficie del lago. Y pudo hacerlo hasta que tuvo miedo, pero cuando perdió la confianza empezó a hundirse. iValédme!, imploró, despavorido, alargando los brazos hacia Cristo. Y Jesucristo extendió la mano y le sostuvo. Recriminó a Pedro por su poca fe y entró por fin en la barca. Justo en ese momento cesó el viento y se sosegaron las aguas. 

A la vista de aquel prodigio los discípulos le reconocieron otra vez como Hijo de Dios y le adoraron. Pasaron a la otra orilla del lago y juntos fueron a la tierra de Genesar, que en el texto griego se llama Genesareth porque su territorio se extendía a lo largo del lago que tenía el mismo nombre. Jesucristo continuó haciendo milagros. Recorrió la comarca de Genesareth y donde quiera que entraba, en aldeas o en granjas, o en las ciudades, ponían a los enfermos en las calles, y le rogaban que les permitiese siquiera tocar la orla de sus vestidos. Y cuantos le tocaban quedaban sanados. 

Fue necesario, sin embargo, que Jesucristo fuese crucificado y que, después de muerto, resucitase al cabo de tres días para que sus discípulos recibiesen el Espíritu Santo. Sólo a partir de ese momento, en efecto, todas las dudas de aquellos hombres se disiparon y se hicieron, por fin, dignos de ser irreprensibles testigos de todo lo que hizo y dijo Jesucristo. Eso es exactamente lo que dicen al respecto los más píos comentaristas de la Biblia. Lo creo por absurdo, debieron de pensar por fin los discípulos, anticipándose casi un par de siglos a Tertuliano. Y al cerrar los ojos de la razón pudieron ver más. 

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