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Descubriendo la infelicidad

El cielo de esta ciudad está tan alborotado como mi mente. Anochece. Después de acomodar los pesados baúles y la poca ropa que poseo en le chalecito que fuera de mis abuelos, me decido a iniciar este diario o lo que resultare, con el ánimo de ahuyentar la soledad que me abrasa. Durante el vuelo de Buenos Aires a España he tomado la resolución de aceptar mi destino y hacer uno de los libros de magia y múltiples objetos que me legaron los míos. Seré, pues, bruja, maga, hechicera, o como se diga acá.

Tengo casi cuarenta años. Lo que fui hasta ahora no me interesa ni a mí. He decidido pasar un rato más en este mundo con la única intención de observar y escuchar a los demás. Voy a ver si, abierta a los otros, comienzo a sentir una mínima estimación hacia mí misma. Intentaré volver al uno pasando antes por el cien. Dado el material que poseo he pensado especializarme en magia amorosa y escribir los casos que más reclaman mi atención.

Voy a abrir las ventanas; la casa comienza a impregnarse de la mágica carga que he heredado. 12 de diciembre de 1969 He pasado todos estos días entre páginas y más páginas repletas de intrincadas elucubraciones de antiguos alquimistas casi olvidadas por mí, entre filtros y conjuros mil. También he ordenado y etiquetado el material depositado en los baúles. Dicha labor ha resultado unas veces terrible -como cuando descubrí los ojos de un gato navegando en un lago de formol- y otras placentera; todavía perdura en mí el resplandor de la vieja esmeralda que a partir de entonces guardo bajo la almohada.

El todo está en uno y uno es todo. Puse anuncios en los periódicos más leídos de la ciudad: «María Blanca. Magia amorosa para desesperadas y desesperados. C/Mistral, núm. 7.» Escribo mi primer caso, no tanto por lo intererante que pueda resultar sino, simplemente, por ser el primero. Pilar Vega tendrá unos cuarenta años, muy guapa, ojos y pelo negro, de risa fácil y estremecedora.

Antes de mirarme ha pasado revista a todo el entorno, deteniéndose en la librería y las vitrinas en donde acomodé mis instrumentos de trabajo. ¿Quiere sinceridad? Pues ahí va. Alberto tiene veinte años menos que yo. Cuando le miro pierdo la cabeza y se me enciende el cuerpo.

Tóqueme el hecho, advierta cómo se me han puesto los pezones sólo con nombrarle... Estoy harta de acariciarme pensando en él. En sueños he hecho mil veces y de infinitas formas el amor con Alberto, pero siempre despierto en el instante en que un gozo muy intenso se apodera de todo mi cuerpo, que estalla cuando acudo al baño y me doy con el chorro del agua en donde usted imagina.

El es actor como yo. Creo que le doy miedo, ya sabe: la diferencia de edad por arriba nos resulta fatal a la mujeres. Estoy dispuesta a hacer lo que sea para que, al menos una vez, me bese por todas partes. El nombre de Alberto me hizo recordar al instante los encantamientos que, según El pequeño Alberto, resultan infalibles, y le expuse la fórmula de «Las manzanas del amor» tal y como la había leído en el grimorio.

Se coge, un viernes por la mañana, antes de la salida del sol, la manzana más hermosa de un jardín, y se escribe con la propia sangre en un pedazo de papel su nombre, apellidos, y los de lo persona amada; se dobla el papel, poniendo dentro tres cabellos de la persona querida y tres de los de usted. Se ata ese papel con otro, en el que escribirá la palabra «Scheva» también con su sangre.

Luego parta la manzana y quítele las pepitas para colocar en su lugar los papeles antedichos. Una las dos mitades de la manzana e introdúzcala en un horno hasta que ésta se seque. Después, envuelva el fruto con hojas de laurel y mirto y procure, por último, colocarlo debajo de la almohada de Alberto.

Tenga la seguridad de que, al poco tiempo, el deseado le dará muestras de amor. Pilar Vega dejó que yo enunciara el hechizo completo para luego soltar una carcajada de las suyas. -Perdone, pero lo de la manzanita ya lo he probado. Quiero algo más fuerte, ¿comprende? Escondí mi despacho en la cintura y decidí liberarme de algunos de los «objetos» que tanto me desazonaban.

Fui hacia uno de los aparadores y después de rebuscar le entregué algunos de mis «tesoros» mientras recitaba. En ese caso le recomiento el filtro de Pierre D'Hattam que dice así: «Pondrá en un mortero nuevo, un sábado por la noche, el hueso izquierdo del cráneo de un sapo, elcráneo y los sesos disecados de un gato negro que matará cuando esté en celo, y de un lagarto. También la matriz disecada de una perra que estuviera salida y sangre menstrual de su propia persona.

Machacará todo lo antedicho con cuidado y añadirá ámbar gris con una pequeña cantidad de polvos de cantárida.» Preparada así la mezcla se dispondrá usted a dársela a Alberto en cualquier alimento o confitura mientras susurrará mentalmente: «Por la virtud de estos ingredientes y con la auyda de las Potencias

Todas, Alberto será siempre mío.» Pilar Vega recogió sin chistar los diversos frascos con su macabro contenido. Pagó la alta suma que por ellos solicité y preguntó: ¿Dónde están los polvos dé cantárida? ¿Qué es eso? Insecto coleóptero de color verde, oscurobrillante con tremendo poder afrodisíaco. La dosis tóxica mortal del polvo de cantárida es de 1,5 gramos, así que cuidado.

Aquí tiene la medida exacta para su Alberto, regalo de la casa. . Y se fue mi primera consultante en busca del amor. Hace frío en Madrid y en mí. 1970 1 de enero de 1970 Estas han sido mis primeras Navidades con nieve. Allá, en Buenos Aires, ahora es verano y todos jugábamos con la muerte, el mar y el sol. Mi consulta comienza a llenarse de amantes desesperados y yo les transmito las fórmulas de los antiguos para curar su mal.

No voy a citar los casos más corrientes porque creo que todavía me falta grandeza para estimarlos. Lo que le ocurría a Ramón Fernández sí me parece interesante. Don Ramón es alto y muy ancho. Se siente incómodo en la silla y pasea delicadamente por la consulta, como si tuviera miedo de hundir el piso bajo sus pesados pies. Generalmente, me veo obligada a preguntar a la gente que espera qué es lo que le sucede.

Al fin, se decide a hablar. Lo que voy a pedirle, posiblemente, le parecerá una tontería, pero no deseo otra cosa que observar a mi amada cuando esté a solas. ¡La veo tan rara en medio de la gente, tan pendiente de los demás! Necesito- saber cómo es de verdad, qué hace al prepararse para dormir, al mirar por la ventana, mientras siente el silencio, qué caras pone cuando hablamos por teléfono..., no sé...

Deseo intensamente verla desnuda, sola con ella, ella y su cuerpo, sus manos con su piel, mientras se huele las axilar y se las borra con una nube de perfume... Eso, sin perfume, quiero verla sin nada y con nadie, ¿entiende? No creí estar preparada ante tal petición y. guardé silencio; pero el hombre acuciado por su deseo lo rompió. La invisibilidad. Eso es lo que persigo. Le miro a los ojos y me decido a contarle la conocida «brujería con un hueso de un gato negro para ser invisible».

¿Que. yo tengo que sumergir un gato vivo en agua hirviendo? Sí. ¡Nunca!Y el señor Fernández huye de mi casa sin más.

Me alegro por los gatos negros de Madrid. 24 de marzo de 1970 Cada vez me gusta más mi casa, y mi calle, y esta ciudad de todos y para nadie. He tenido que renovar mi tinta mágica, ir en busca de una nueva pluma de Auca, preparar pergamino virgen y elaborar el perfume de Venus. Para la fabricación del mismo he reunido cilatro, almizcle, ámbar gris, leña de áloe, rosas secas, hojas de verbena y coral rojo.

Reducidos a polvo los anteriores ingredientes los he mezclado con sangre de paloma y con la pasta resultante he formado unos granos del tamaño de un garbanzo y los he puesto a secar. Cuando terminaba de conformar el último grano sonó insistentemente el timbre de la puerta y bajé a abrir. Una adolescente espigada y rubia aguarda con una carpeta abrazada contra su cuerpo.

La conduzco hasta la consulta y no accede a sentarse. Después de un largo silencio se desparrama como las perlas de un collar arrancado con violencia. ¡Amo a mi amiga Silvia! ¡No me diga que es contra natura ni que soy lesbiana ni que me olvide de ella! ¡Es lo más maravilloso que he encontrado sobre la tierra! iPero no quiero que sea mía ni de nadie! iMe moriría si perdiera su sonrisa incierta y la delicadeza de sus gestos!

iSe mueve como un hada! ¿Sabe lo único que deseo de ella por encima de todas las cosas? No, no lo sé. iQue baile para mí enteramente desnuda! ¡No se ría, por favor! Ella va a clases de danza, ¿sabe?, y yo no me las puedo pagar. Y allí la pierdo. No me es posible verla mientras juega con la música. ¿Le parezco ridícula? Niego con un gesto mientras recuerdo una antigua receta leída en el Pactum. Para hacer danzar a una mujer desnuda deberá encontrar mejorana silvestre, verbena, hoja de mirto, tres hojas de nogal y tres de hinojo.

Todo recogido en la mañana de San Juan antes de salir el sol. Secará luego el ramillete a la sombra, lo pulverizará y pasará por un tamiz de seda. Cuando quiera usar el encantamiento, échelo al aire hacia el lugar en donde esté Silvia, y el efecto sucederá al instante: su amiga danzará desnuda ante usted.

¿Tendré que esperar hasta que llegue San Juan? Me temo que sí. No, no me pague ahora. Cuando disfrute del momento vuelva y hablaremos. Y se fue la muchacha con una sonrisa en sus ojos.

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