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El espectro de Adonai

Una noche del mes de Elul, Sara fue arrancada de su sueño por los violentos accesos de tos de su esposo, esta vez entrecortados por estertores.

A duras penas contuvo un grito al ver el rostro estragado de su marido a la escasa luz del candil. Dan se había quitado el cobertor. Sobre la estera manchada, su cuerpo descarnado era sacudido por violentos espasmos. Vomitaba sangre.

Sara se levantó, se colocó rápidamente una túnica, llenó de agua una jofaina y humedeció un paño con el que se empezó a enjugar, como mejor pudo, la sangre que salía de la boca de su esposo. Aunque la invadía el espanto, no se permitía demostrar zozobra alguna. Por consideración a Dan, debía guardar el miedo en su interior. Hacer simplemente los gestos precisos, por inútiles que fuesen. A Dan se le escapaba la vida.

 

El joven no dejaba de mirar fijamente a Sara, como si ella tuviese el poder de preservar el tenue hilo que lo ataba a este mundo. No me abandones... suplicaba con voz ronca, sin darse cuenta de que era él quien la estaba abandonando.

Alertados por el ruido, Natán y Uriel habían acudido precipitadamente. Impotente, casi estúpido, Natán estrechaba convulsivamente la mano de su hijo entre las suyas. En cuanto a Uriel, escogió ayudar a Sara. Sin una palabra, vació el agua sanguinolenta de la jofaina; la llenó de agua limpia y le trajo paños limpios a su cuñada. Aunque en la estrecha habitación reinaba un calor húmedo, el enfermo sentía frío. A pesar de la estación, Uriel encendió un brasero. Parecía un espectro.

Sara... balbuceó Dan. Luego, en un suspiro: ¡Madre! La llama de la única lámpara comenzó a parpadear. Uriel se apresuró a agregar aceite al pequeño recipiente de arcilla. Reanimada, la llama se elevó, viva y clara.

Shema Israel... articuló de pronto Dan. Sin una palabra, Uriel le tendió a Sara el talith de su hermano. En su mirada había una imperiosa suavidad. Con su ayuda, Sara envolvió a Dan en el chal. Los dedos del moribundo se crisparon sobre la tela ritual. Adonai Elohenu...

Un chispazo de sufrimiento atravesó su rostro devastado. Temía no poder llegar a completar la milenaria oración. Sus ojos no se despegaban de Sara.

Adonai...

Hipó. Una espuma rosada apareció en la comisura de sus labios. Ehad... terminó con un suspiro. Sara, en una bruma de lágrimas, cerró los ojos del joven muerto.

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