26 Enero 2013
La muerte se pasa el tiempo haciendo OPAS hostiles a la vida o quizás es al reves, que es la vida la que se empeña una y otra vez en rescatamos del olvido infinito que es la nada. Nuestro tiempo se ha empeñado en eliminar la disidencia orgánica que representa siempre la poesía y sus fiduciarios, que son los poetas. Tal vez, precisamente por eso, sea mejor que la muerte haya ganado al fin la batalla al tiempo y Dámaso Alonso, el menos veintisiete del veintisiete, se marche en el furgón de cola de los proscritos: No resistió la tentación y vendió las últimas acciones que le quedaban de esta empresa en permanente quiebra que es el propio cuerpo.
No vivió en Wellingtonia, pero el mar le permitió ser marinero en tierra, exiliado de sus amigos y encerrada su palabra entre los cuatro muros que levantó la Dictadura. Aleixandre y Alberti tuvieron y tienen la gloria, él tuvo el poder de la Academia, abiertas sus puertas al poeta por aquel Pemán empeñado en un inacabado «lock out» contra sí mismo. Si los versos son el «Dow Jones» del Mercado de valores cultural en cualquier pais, Dámaso Alonso fue un corredor de Bolsa a la antigua usanza, de los de antes del «Big Band» y el mercado único. Nunca apostó por los valores estables y socializó la lírica cuando ésta se empeñaba en la ecuación matemática de la abstracción, para comprometerse luego con el absurdo de la razón, que siempre tuvo como la mejor razón del absurdo.
Se hizo viejo para preservar la juventud de su poesía y sobre la amplia circunferencia de la política española trazó la ruta amarga del forastero en un pueblo universal convertido en patio de lavanderas. Sus hijos poéticos fueron airados, que no iracundos. Hijos tardíos por los veinte años de silencio en que sumergió publicamente Dámaso Alonso su libido creadora, el sexo libre del verso libre en que transformó la rima oscura y profunda de Góngora, el maestro y la excusa para el lanzamiento de aquel Plan de Desarrollo mental conocido como el 27. El, único al fin, tuvo que aceptar el nombramiento de presidente y consejero delegado, administrador único del patrimonio roto por la violencia de la guerra. El Estado de Franco intentó expropiarle el viento que él había rescatado de los eriales para convertirlo, palabra a palabra, en verso.
Su resistencia sirvió para amortizar la deuda de los que se quedaron, caros intereses para quien menos debía. Convirtió la angustia de Unamuno en hoguera sin vanidades, y las estrofas místicas de San Juan en catecismo para los más agnósticos. El índice nikkei de este nuestro monstruoso mundo mantuvo ayer su tendencia a la baja con otra negra sesión de soledades. Más allá de Dámaso y Becquet, como abierta esperanza para las dudas, los poetas siempre viven más que los hombres y las bestias.