1 Junio 2013
A John Grisham, los críticos le reprochan la excesiva estructura cinematográfica de sus novelas. El autor siempre ha negado esa intencionalidad asegurando que no le interesa hacer películas. Su agente, Jay Garon, afirma que lo de su representado es un don natural: «No lo hace intencionalmente, pero su talento para la estructura literaria es muy cinematográfico y cada capítulo que escribe es como la escena de una película conectada con la anterior».
A diferencia de sus colegas del club del millón de dólares, Michael Crichton, Tom Clancy o Stephen King, quienes han manifestado en alguna ocasión su desacuerdo o irritación con las adaptaciones al cine de sus novelas (recientemente Juego de patriotas, Parque Jurásico y Sol Naciente), el cauto John Grisham ha optado por permanecer indiferente: «Mantengo mi boca cerrada tanto si me gusta lo que han hecho o no, porque no creo que sea justo coger el dinero y después dedicarse a llorar por lo que han hecho. Si un autor espera que no toquen su obra, lo mejor es no vender los derechos». Tocar la obra, y mucho, es lo que Sydney Pollack ha hecho con La Tapadera, sobre todo en lo que al final se refiere. El realizador argumenta que la solución novelística no satisfacía a la mayoría de los lectores.
El hecho es que Pollack ha confesado que la adaptación de las 406 páginas de la novela ha sido el trabajo que hasta la fecha le ha proporcionado más dolores de cabeza. Y eso que el veterano director de Danzad, danzad malditos, Los tres días del Cóndor, Memorias de Africa y Tootsie no suele arredrarse ante los proyectos complejos. Finalmente, Pollack consiguió encerrar la compleja trama de Grisham en 145 minutos de una película que le ha permitido abordar temas que, como hombre comprometido con la izquierda y los derechos humanos, siempre le han interesado: la corrupción, la ambición, la avaricia, la falta de ideales y el arribismo. Con La tapadera entra a saco en la trastienda del sueño americano y lo consigue alterando el final, evitando que el protagonista acabe tan corrupto como aquellos a quienes combate, tal y como insinuaba el ambiguo final de la novela de Grisham.
El héroe de la película es un joven inteligente, idealista y ambicioso abogado recién graduado, Mitch McDeere, quien recibe de un bufete de Memphis especializado en impuestos una oferta que no puede rechazar: un sueldo astronómico y diversas prebendas: cochazo, casa, y préstamos a ínfimo interés. La muerte accidental de varios colegas le hace descubrir que trabaja en realidad para unos leguleyos que blanquean el dinero de un clan mafioso. Cuando el FBI le acosa, debe decidir entre sus propios intereses o el honor, la honestidad, los ideales y el deber y colaborar con la ley, aún arriesgando su propia vida. Aunque Tom Cruise no es el actor ideal para interpretar a personajes con cerebro, dió muestras de ser un buen abogado en Algunos hombres buenos. En La tapadera es el valeroso McDeere, el abogado que levanta la tapadera. Le acompaña la actriz descubierta en Instinto Básico, Jeanne Tripplehorn, y los magníficos Gene Hackman (oscarizado este año), Holly Hunter, Ed Harris, David Strathairn, Hal Holbrook y Gary Busey.