7 Noviembre 2012
Centros de entrenamiento e investigación, de los cuales la Escuela Alemana de Cultura Física de Leipzig es el más importante. Por otra parte, la natación, una de las modalidades gloriosas de la RDA, es una asignatura más en la escuela: todos los críos aprenden a nadar antes de los diez años. Si tenemos en cuenta, además, que el 22% de la población está afiliado a la Federación Alemana de Gimnasia y Deportes, el milagro dejará de serlo para convertirse en una consecuencia científica, fruto del empirismo y no de la oración.
Pero las hazañas deportivas de los germanos orientales siempre han infundido sospechas. Se ha hablado del dóping como un método más, fomentado, investigado y controlado por un Estado que hace del deporte la mayor fuente de conocimiento y prestigio internacionales, y una forma directa, persuasiva y ecuménica de política. En junio de este año, el medalla de oro en Innsbruck, Hans Georg Aschenbach, médico de 37 años y refugiado en Alemania Federal, reveló en el semanario «Bild am Sontag» que el dóping era en su época una práctica generalizada, que los atletas que rehusaban doparse eran excluidos del equipo nacional y que, incluso, los niños eran ya tratados con sustancias destinadas a hacer de ellos campeones.
Ascheribach, que, según afirma, sufre pérdidas de memoria y problemas articulares como consecuencia de las drogas ingeridas, dirigió su dedo acusador hacia algunas de las figuras supremas del deporte de su ex país: la patinadora Katarina Witt, la atleta Petra Felke y la nadadora Kristin Otto, representantes todas ellas del talento deportivo y de la belleza de la mujer alemana. Estos últimos días, el proceso liberalizador que experimentó la RDA ha permitido a la prensa nacional penetrar en el ultrasecreto megalaboratorio de Kreischa, cerca de Dresden, donde se lleva a cabo el, aproximadamente, diez por ciento de todos los análisis mundiales, y publicar que, durante 1988, se registraron en el país catorce, casos de, análisis positivos.
El aperturismo no ha llegado aún a que sean hechos públicos los nombres de los infractores, pero se recuerda que en toda la historia anterior del deporte alemán democrático (ahora más democrático que nunca) solamente la atleta Illlona Slupianek (1977) yel ciclista Norbert Duerpisch (1978) habían sido, en el exterior, considerados oficialmente pecadores. Ambos no habían sido «limpiados» convenientemente antes de viajar al extranjero.
Todos los demás sí. Como la nadadora Christiane Knacke, la primera mujer que, hace doce años y cuando sólo contaba quince, bajó del minuto en los 100 metros mariposa. Knacke, ya sin miedo y afectada por las repercusiones que su dopaje ha tenido en su hija, ha afirmado que todos los deportistas germano-orientales clasificados para los JJ.OO son sistemáticam ente dopados. Según ella, dos de los «monstruos» de probeta de la natación femenina mundial, Barbara Krause y Andrea Pollack, tienen hijos que nacieron con pies deformes. Hágase, pues, la luz. ¿En qué medida afectarán los nuevos vientos al porvenir deportivo de la RDA? ¿Hasta qué punto la oscuridad se tomará transparente, y la transparencia redundará negativamente en resultados tan sabrosos? ¿Qué hay de exageración o todavía de prudencia en las acusaciones y en los silencios?
¿Cuánto de calumnia o de temor?... Hágase también la libertad. Pero entre los «espaldas mojadas» alemanes el porcentaje de deportistas es despreciable, dado el número de éstos que han competido y compiten al otro lado de ese rnuro recién abolido y sobre cuyo cadáver de piedra bailan los berlineses. En 1967, Jurgen May, plusmarquista mundial de los 1000 metros, se coló al Oeste por una rendija tras el Campeonato de Europa de Budapest. En 1982, otro ex recordman mundial, el discóbolo Wolfgang Schmidt, emigró legalmente, tras diversos y sonoros avatares, a los Estados Unidos. Hoy es ciudadano alemán federal.
En mayo del 84, un destacado espaldista, Franck Hoffineister, se escabulló en Roma tras el Trofeo de las Siete Colinas y pidió asilo político en la embajada de la RFA. En enero de 1985, Jens-Peter Bemdt, plusmarquista universal de los 400 metros estilos, se quedó en USA aprovechando una gira de su equipo. En 1986, Nauchweih y Lippmann, dos futbolistas de relieve, se quedaron en la RFA. Como Jurgen Sparwasser, ex futbolista campeón de la Recopa en 1974 con el Magdeburgo (y frente, precisamente, al Milán), 53 veces internacional y que se convirtió en héroe nacional cuando marcó el gol con el que Alemania Oriental ganó a la Federal en el Mundial del 74. Sparwasser se quedó en Saarbruecken, a donde había acudido a jugar un partido de viejas glorias.
Tal vez el colectivo del músculo haya sido el menos afectado por el éxodo hacia el Oeste. «Go west». Después de todo, dopados o no -¿quién es inocente?-, robotizados o no -¿quién es libre?-, los deportistas de Alemania-Oriental gozan de toda clase de privilegios. A la mayoría les gusta su país y el sistema. Y, probablemente, si la RDA abriera sus puertas a los deportistas y jóvenes occidentales, no sabemos cuántos de ellos, en busca de mejora o de una oportunidad, responderían a la llamada. Lleno o no de manzanas envenenadas por el pecado, poblado o no por serpientes melifluas o autoritarias, allí está el paraíso.