29 Junio 2013
A veces la sordera deja de ser un juego y se convierte en algo habitual: entonces, el sueño del poderoso es más tranquilo. El 16 de enero, el primer comunicado de la Casa Blanca sobre la guerra del Golfo anunció que George Bush había pasado una buena noche.
El ataque de sordera de Washington con respecto a Oriente Medio empezó, no obstante, hace unas décadas. El poder americano estaba sordo con respecto al problema de la nación palestina que había perdido sus tierras. Si los palestinos hubieran sido escuchados, Sadam Husein nunca habría podido reclamar más tarde, con alguna credibilidad, el manto del honor árabe. El poder americano estaba sordo ante las aspiraciones del pueblo iraní oprimido por el Sha, títere de Estados Unidos, por la policía secreta y por su riqueza de pacotilla. Si los iraníes hubieran sido escuchados, no habría habido ninguna razón para armar a Irak en contra de Irán. Más recientemente, en 1988, el poder americano permaneció sordo ante el reconocimiento formal de Arafat del derecho de Israel a existir como Estado.
Si hubiera sido escuchado, no habría habido razón en la tierra para que la OLP se hubiera alineado junto a Sadam. Desde que empezó la crisis, el poder americano ha estado también sordo a la experiencia del pueblo árabe, sordo ante el sufrimiento y el orgullo de generaciones, sordo por lo tanto a lo que llevaría a los árabes a encontrar una esperanza en el desafío de un tirano disparatado, una esperanza que podría haberse convertirse en dogma de fe, si Sadam se hubiera convertido en un mártir.
El resultado de la guerra era seguro. La sordera iba a vencer. Había incluso una conexión entre la sordera norteamericana y las armas de alta tecnología con las que Estados Unidos podría conseguir una rápida victoria. Ambas activadas a distancia como agentes inhumanos. Lo que no se esperaba era que 42 divisiones de un ejército pudieran ser derrotadas con la pérdida de tan sólo 100 soldados americanos. Afortunadamente, las camas del hospital de Rochdale permanecieron vacías. Gracias a Dios la guerra ha terminado. ¿Puede celebrarse ya la espectacular victoria de la sordera?